'No creo que haya vuelto a divertirme como me
divertí aquellos cuatro años que duró mi amistad con Piñera. También
podría decir que fueron los peores años de mi vida'.
DDC cierra con este texto el homenaje por el centenario.
1. No era un hombre alto, sí extraordinariamente
delgado, con un andar breve, ligero, que abusaba de las puntas de los
pies, como quien camina sobre celajes. Por las fotografías, se conocen
bien la frente amplia, la nariz curva, la barbilla exigua, los labios
carnosos, que creaban lo que suponemos un perfil de halcón peregrino, un
perfil dantesco. Las fotografías no revelan, en cambio, el encanto de
los ojos, de un color entre el ámbar y el verde, con una mezcla de
tristeza, melancolía, inteligencia y, por supuesto, mordacidad. Miope al
fin, en la calle usaba espejuelos antiguos, de esos que se llaman
afáquicos.
Las fotografías tampoco descubren la belleza de las manos, de una
extraña juventud. Si hubiera querido ocultarse y mostrar solo las manos,
ustedes habrían creído que era un chico de veinte años. La voz parecía
escapar desde el fondo de una campana de hojalata. La inteligencia y,
como consecuencia, el sentido del humor, se enlazaba con la imaginación
siempre excitada, rasgo que lo rejuvenecía aún más.
Tenía salidas de adolescente. Era juguetón, intelectualmente
juguetón, y no sé si la frase sea apropiada. Quiero decir: jugaba con
las ideas y aunque sabía ponerse serio, su conversación estaba siempre
repleta de paradojas y, sobre todo, de incitaciones, de opiniones y
conceptos que luego, cuando se despedía, quedaban resonando con la
intensidad de los repiques de aquella misma campana de hojalata de la
que escapaba su voz.
Salvo contadas excepciones, vestía como un hombre que se prepara para
un corte de caña (aunque él hubiera dicho que se vestía como quien se
va a herborizar): zapatos que, aunque no eran botas, lo parecían: eran
las que daban por cupones en los centros de trabajo; pantalón ancho, de
tela mala; camisa de caqui gris con bolsillos de tapas, una talla más
grande. Limpio y bien planchado, a pesar de que sostenía que sólo se
bañaba los sábados.
Nunca sudaba, ni bajo el más perverso de los mediodías. La jabita de
yute con la que se iba a "forrajear" (verbo que se usó mucho en esa
época, con su carga de correteo, de rastreo y de comida para caballos) y
con la que se llegaba hasta el Supercake de Zapata y Belascoaín, en
busca de los
pies de guayaba, no parecía en sus manos una
jabita de yute. Había algo distinguido en aquel hombre llamado Virgilio
Piñera que lo diferenciaba del resto de personas que bebían café en el
quiosquito del night club Las Vegas, frente a Radio Progreso, o
forrajeaban y subían y bajaban con jabitas similares por las calles
Infanta y San Lázaro.
Raymond Queneau. (TOPZINE.CZ)
2. Un poco por propia decisión y un mucho por
decreto ajeno, llevaba casi una vida de eremita. También son famosas sus
rutinas: leer mucho, jugar canasta, acostarse temprano y levantarse
mucho antes del amanecer, a traducir algunos buenos libros como
Camino de Europa, de Ferdinand Oyono; algunos que dan gracia, como
Noup, héroe de las montañas o
Las pantuflas del venerable jefe del distrito.
En el mejor de los casos, tenía tiempo para sentarse a escribir. Su
casa era lo más parecido a una celda y eso tiene que ver, por supuesto,
con su decisión. Lezama, por ejemplo, que había sido igualmente
convertido en cadáver civil, tenía su pequeña, húmeda y oscura casa,
atestada de libros, de papeles, de cuadros de Saura, Arche,
Portocarrero, Mariano, Arístides Fernández; algunas pequeñas estatuas y
piezas de arte, incluso una talla en madera del padre de Alba de
Céspedes, adornaban las estanterías de Trocadero 162.
El apartamento de Piñera, en cambio, tenía las paredes casi vacías.
Cuando tuvo buenos cuadros, los vendió religiosamente para sobrevivir
paganamente. Pocos muebles: un sillón (el que se ve en la foto famosa),
una butaca de muaré, casi sin muaré, con los muelles visibles, también
famosa porque aparece en varios cuentos, como en "Un jesuita de la
literatura". Un librero blanco con pocos libros. Se vanagloriaba de no
almacenarlos, de tenerlos en su cabeza. Todo Proust en francés, las
Memorias de ultratumba, las memorias de Casanova, las de Saint Simon,
François le champí de George Sand, varios diccionarios;
Las impresiones de África y las
Nuevas impresiones de África, de Raymond Roussel; un autor que, a mi modo de ver, lo influyó mucho: Raymond Queneau; y
Las flores del mal, por supuesto).
En aquella casa había, además, un pequeño y antiguo radio de pilas,
para las noticias y para los días de ciclón (quiero decir, para las
temporadas ciclónicas). Carecía de televisor. Los objetos más valiosos
eran la máquina de escribir y el tocadiscos que le había regalado Maya
Surduts cuando fue declarada
persona non grata y debió abandonar Cuba.
Lo que más se escuchaba en ese maravilloso tocadiscos era Beethoven. Adoraba las sonatas para piano y violín, en especial la
Sonata a Kreutzer. Y las sonatas para piano, en especial la
Appassionata. Recuerdo el disco de Wilhelm Kempff con las sonatas para piano, que disfrutaba una y otra vez.
Theda Bara. (BORDERANGELUZ.BLOGSPOT.COM)
3. No creo que haya vuelto a divertirme como me
divertí aquellos cuatro años que duró mi amistad con Piñera. No he
conocido a nadie con tanto sentido del humor ni con tanta juventud, con
tanto genio para ennoblecer literariamente las banalidades de una
realidad horrorosamente heroica, la grotesca epopeya que nos tocó vivir.
Un jardín le había construido el sueño para que en él soñara (y
soñáramos) la realidad. A su lado todo se volvía literatura, brillo,
inteligencia, agudeza y humorada (o
boutade, como él habría preferido decir).
La conocida nota del
Diario de Bioy Casares me parece una idiotez. Dice el estanciero Bioy: "A la noche comen en casa dos maricas cubanos de la revista
Ciclón:
Rodríguez Feo, el director, y Virgilio Piñera, el secretario de
redacción. Rodríguez Feo es rico, buen mozo, menos literario que su
amigo (…), Piñera es delgado, con cabeza de perro flaco, de empuñadura
de paraguas; es modosito, silencioso y un poco lúgubre…"
Lo de maricas no merece análisis, aunque la frase suene a grosería de
malevo-burgués-machista-de-mal-gusto, que no se esperaría del ingenio
del autor de
La invención de Morel. Lo de delgado, con cabeza
de perro flaco y empuñadura de paraguas, es justo. Lo de modosito,
silencioso y un poco lúgubre… Habría que ver qué personaje representaba
Virgilio en la casa de aquel matrimonio Bioy-Ocampo, de la
jet-set bonaerense. El Piñera, al menos el que conocí, no tenía nada de modosito ni de silencioso, mucho menos de lúgubre.
¿Qué habría pensado el masculino Bioy de los comentarios de Piñera
cuando se encontraba con Gombrowicz y ambos se burlaban con tanto gusto
de aquellos afrancesados? Ignoro cómo se comportaba Bioy Casares,
siempre a la sombra de Borges, en cualquiera de las reuniones de San
Isidro. En cuanto al modosito Virgilio de mi experiencia, era el centro
irradiante. Quizá por eso resultaba a ratos inaguantable para ese otro
centro irradiante llamado Lezama Lima.
Acaparaba la atención con larguísimas historias, maravillosamente
bien hilvanadas y extraordinariamente divertidas. Por ejemplo, la
historia que repetía, a petición nuestra, y que en cada ocasión se
enriquecía con nuevos datos, la de aquel amigo suyo de Guanabacoa que
podía adivinar el destino. No tiraba las cartas, no leía las manos, no
usaba ningún medio tradicional de adivinación. Predecía el futuro
gracias al estudio de las heces fecales. El escatológico adivino era
capaz de formar la carta astral solo por los desechos excrementicios.
Virgilio ponía especial énfasis en detallar su cuarto de trabajo y en
describir el lugar donde trabajaba aquel hombre. Con gran
responsabilidad histórica, poseía un largo espacio donde almacenaba la
mierda de muchas insignes personalidades habaneras.
Otra historia tenía que ver con dos gemelas, pasmosamente iguales, prostitutas de alto
standing.
Un largo cuento, siempre mejorado con detalles, sutilezas, ritos, sobre
la liturgia erótica y casi japonesa de las dos gemelas. Esta historia,
sin embargo, tuvo un final. Sucedió la noche en que alguien se percató
de que nunca había revelado el nombre de las gemelas prostitutas.
Titubeante, cogido en falta, Virgilio suspiró, miró al techo y dijo o
gritó: "Ah…, se llaman Lidia y Clodomira".
Refería asimismo los largos viajes en barco desde Santiago de Cuba
hasta Buenos Aires; la inevitable fiesta de disfraces cuando se pasaba
la línea del Ecuador, en las que él solía vestirse de Fedra o de Theda
Bara. Y los subyugados capitanes de los buques, solían enamorarse de
aquella Fedra o Theda Bara y la invitaban, lo invitaban, a la mesa de
honor, donde se descorchaba un champán Épernay en honor del disfrazado. Y
hablando del personaje de Racine, gustaba mucho recordar la
representación de la
Fedra de Racine que hizo, en francés, en la sala Prometeo.
Hablaba de su encuentro con Yma Sumac en Buenos Aires; con Marlene
Dietrich en una fiesta en casa de Feltrinelli en Milán. De su amistad
con James Baldwin, a quien había conocido también en Milán. De la
ocasión que conversó con un norteamericano en los arrecifes junto a La
Puntilla, en la desembocadura del río Almendares. Conversaron largo
rato; el norteamericano filosofaba sobre la vida y los hombres, hasta
que llegó un joven bellísimo a recoger al señor norteamericano y él se
percató de que había estado hablando con Tennesee Williams y que se
llamaba Marlon Brando el joven que había llegado en su busca.
Decía que una noche, en un
pub del Nueva York de finales de
los cuarenta, había visto a un señor borracho que casi no podía ponerse
el gabán. Virgilio tuvo que ayudar al camarero tuvieron para llevarlo
hasta su carro, con un chofer negro. El camarero le reveló luego que el
borracho venía al
pub cada vez que visitaba Nueva York y que se llamaba William Faulkner.
O la mañana en que esperó durante horas a Gabriela Mistral en el
lobby
del hotel Packard, el que se levantaba (o se levanta, no lo sé) frente
al Parque de los Enamorados, para regalarle el tomito de
Poesía y prosa,
publicado en 1944, y cómo ella lo miró y le dijo con tono agresivo: "Lo
siento, no quiero ningún libro; de todas maneras no lo voy a leer".
O la noche de cena en la mansión de Victoria Ocampo en la que se
discutía una palabra inglesa que con los años había cambiado de
acepción. Según Virgilio, la señora Ocampo se limitó a alzar una mano;
apareció de inmediato un criado de librea con un atril en el que había
un diccionario etimológico, convenientemente abierto en la página justa.
Recuerdo también muchas historias sobre Lezama, Rodríguez Feo, Dulce
María Loynaz, Gastón Baquero…. En especial quisiera mencionar una de
Emilio Ballagas porque tuvo consecuencias literarias: se habían ido,
como acostumbraban, al puerto en busca de marineros perdidos. Les
apasionaban los marineros perdidos. A Ballagas y a Piñera, los íntimos
los llamaban "las fragatas". Como solo habían encontrado uno, decidieron
acostarse los dos con él. Fracaso total. Ya en el cuarto de Emilio o de
Virgilio (vivían en sendos cuartos contiguos en una pensión de la calle
Galiano), a ambos les entró la risa nerviosa e imparable, y ya se sabe
que la risa es inversamente proporcional a la libido. El resultado de
esa noche de los dos poetas con el marinero desconocido, se convirtió en
la materia de un cuento deslumbrante, "La risa", de
Muecas para escribientes.
Raymond Rousell. (ACRAVAN.BLOGSPOT.COM)
4. Sin embargo, estas no son más que anécdotas. Las
historias verdaderamente importantes no las puedo relatar. No porque no
quiera o no pueda o porque sean secretas, sino por algo mucho más
misterioso. No dependían de las historias mismas: son demasiado
inefables; dependían del tono de la voz, de los gestos de la mano, de
las miradas, de demasiadas sutilezas que no soy capaz de reproducir.
No tenían que ver con la calidad de lo contado, como con el modo en
que esos cuentos dejaban de ser cuento para convertirse en tácticas,
maneras que trasfiguraban la realidad, levantaba un mundo paralelo.
Abolían la cotidianidad y transformaba la rutina en algo único,
insólito. Nunca conocí a nadie con tanta capacidad de "literaturizar"
(valga la palabra fea) la vida.
Tampoco con tanta mayéutica. Cómo, sin que yo me diera cuenta, dirigía mi preocupación hacia
Los cantos de Maldoror,
Una temporada en el infierno, los cuentos crueles de Villiers,
El mito de Sísifo y
El hombre rebelde de Camus, Felisberto Hernández, Bruno Schulz, Gerard de Nerval, Raymond Roussel, los poetas metafísicos ingleses.
La ocasión, por ejemplo, en que me dijo que escribía un ensayo y
necesitaba una frase de Thomas Mann, perdida entre las páginas de
La montaña mágica.
La frase no la olvido, era una de esas morbosas del alemán: "Hay dos
caminos en la vida, uno es el corriente, el directo, el bueno; el otro
es el malo…, pasa por encima de la muerte y es el camino del genio".
Para "hacerle el favor", leí la novela. El detalle consistía en que
no había ningún ensayo y el favor, por supuesto, me lo hacía a mí mismo.
De manera similar leí dos novelas, ahora olvidadas, y que releo cada
cierto tiempo:
The way of all flesh, de Samuel Butler y
The last puritain, de George Santayana.
También me hacía traducir una pequeña biografía de Baudelaire y se
sentaba conmigo a corregir lo traducido. En ocasiones, tomábamos varias
traducciones de un mismo libro, o de un mismo poema, como
El cuervo de Poe, para ver cuál nos parecía mejor. Por cierto, se sabía
El cuervo de memoria en su versión inglesa, así como poemas de Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y todo el
Cementerio marino y fragmentos de
La jeune Parque,
tanto en francés como en la extraordinaria versión castellana de
Mariano Brull. También buscaba libros para mí en bibliotecas ajenas,
como la traducción de Pedro Salinas de
En busca del tiempo perdido en la biblioteca de Estorino, a quien entonces yo no conocía. Esa traducción, dicho sea de paso, no la tenía en gran estima.
También yo le buscaba libros, porque leía rápida e incansablemente.
Solo que los libros que yo le buscaba podían ser cualquier libro. Que
recuerde:
La piedra lunar, de Wilkie Collins y un libro que a mí me había impresionado en mi adolescencia y que a Virgilio lo divirtió sobremanera,
Veinte años con los papúes, de un misionero cuyo nombre no recuerdo.
Le gustó mucho
Asco, del húngaro Laszlo Nemeth, que creyó superior a
La náusea de Sartre. Sé que le provocó una gran impresión
La broma, de Milan Kundera, que leyó en francés, en la edición de bolsillo de Gallimard, con el prólogo de Louis Aragon.
Alguna vez Virgilio encontraba en alguna librería una "joyita", según su manera peculiar de calificar. Fue el caso de
El Arco de Belén,
de Miguel Collazo, que compró en la librería Viet Nam, de San Rafael
casi esquina a Águila. "En medio de este páramo, ese librito es una gran
cosa", recalcaba.
5. En alguna ocasión he contado la noche de julio de
1975 en que lo conocí en la quinta de los Gómez, en la Calzada de
Managua, la que hoy se conoce con el nombre con que él la bautizara: "La
Ciudad Celeste". Yo tenía veintiún años y lo poco que conocía de la
obra de Virgilio se debía a un cuento, "En el insomnio", y a una efímera
puesta en escena de
Falsa alarma, por Teatro Universitario en la sala Tespis, ubicada entonces en el hotel Habana Libre, donde ahora existe el
non-place de una cafetería espantosa.
Mi profesora de literatura en el Preuniversitario de Marianao,
Trinidad Benedit, sentía una pasión especial por los cuentos de Piñera, y
me hablaba siempre de él. Y aunque parezca insólito, incluso
estrambótico, "En el insomnio" se leía en alta voz en los albergues
cañeros de Unión de Reyes en aquellos años en los que cortábamos caña
para hacernos hombres nuevos y fuertes (cosa que logramos, como se puede
comprobar) y ayudar a levantar la economía cubana (cosa que no sé si
logramos, como se puede comprobar).
En 1975, ya no estaba en el Pre de Marianao, ya estudiaba segundo año
en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana. Años 70,
insisto: de modo que se entenderá en qué consistían las clases de
aquella etapa aterradora. Salvo excepciones (algunas, incluso,
espléndidas excepciones, como las clases de historia de la literatura de
la doctora Beatriz Maggi o las de historia del Arte de Amado Palenque y
Rosario Novoa, quien, por cierto, había sido profesora de Virgilio),
eran clases pedestres, de ponderadas últimas mujeres, de próximos
combates, de una rara mezcla de quenas, ridículos chamamés pasados por
la simplicidad del manual de F.V Konstantinov.
He contado asimismo que Piñera no me prestó atención en toda la
noche, como si yo no existiera, que solo se volvió al final de la noche,
un instante, para preguntarme: "Y tú, niño, ¿eres de Camagüey?". Y eso
que yo llevaba, para halagarlo, un libro del profesor Julio Ortega
titulado
Relatos de la utopía (no sé cómo lo había conseguido) y
pensé ingenuamente que le podía interesar. Miró el libro sin atención,
como quien mira una revista frívola, y exclamó: "Este hombre ha tenido
el mal gusto de situarme al lado de Onelio Jorge Cardoso". Aquella
noche, eso fue todo. Bueno, fue todo en relación conmigo.
También he escrito que esa noche leyó las veintiuna novelas de un libro que pensaba titular
Las ciento una novelas,
y donde narraba las peripecias de la lavandera Fligar Sánchez y su
marido Gabrior Aranda, por una Habana que no era La Habana sino el punto
de encuentro de todos los caminos posibles.
Lo que escuché nada tenía que ver con lo que pedían los comisarios de
la cultura. Nada de seguir el "rastro de los libertadores", nada de
heroicos entrenamientos militares, de caminatas interminables, de
batallas libradas desde el punto rojo de un colimador, de "héroes
anónimos" que "regresaban a la tierra", de luchas entre "combatientes y
bandidos"… Nada de realismo, mucho menos de realismo con apellido
político.
6. He escrito hace un momento: "No creo que haya
vuelto a divertirme como me divertí aquellos cuatro años que duró mi
amistad con Piñera". También podría decir que, del mismo modo (y porque
así son las cosas de la vida, "reír y llorar", como dice el bolero de
Roberto Ledesma), fueron los peores años de mi vida. Sé que fueron los
peores años de muchos de nosotros, y en primer lugar de Virgilio Piñera.
Fue él quien peor lo vivió. Fue sin duda el más humillado. Y no
únicamente por los años del castrismo.
De los 67 años de su vida, solo conoció algunos momentos de
reconocimiento. Si decidiéramos caer en el caprichoso convencionalismo
de contar ese tiempo de manera lineal, quizá no iríamos más allá de
cinco años. Para ser justo, hasta ese pequeño intervalo me parece una
exageración. Digo "reconocimiento" y no me refiero, por supuesto, a la
indiferencia teñida de desprecio (tan cubana) anterior a 1959; ni mucho
menos a la marginación, absolutamente grosera, la muerte civil que le
impuso el totalitarismo, aun cuando ese estilo categórico de crimen sin
crimen, sea sin duda un modo retorcido y siniestro de reconocer la
importancia de un escritor. Hablo de la discutible aprobación social que
implican las ediciones, las traducciones, los premios. El "éxito
social", para designarlo con un torpe lugar común.
Cierto, Vigilio Piñera nunca escribió para eso. Casi se podría decir
que escribió para lo contrario, para el no-éxito, y tenía el suficiente
coraje para no condescender. No consideraba la literatura como un
certamen ni un modo de medrar, sino un artefacto de desenmascaramiento.
El acto de arrancar las máscaras no ha sido nunca amable o
encantador. No está bien visto. Entender la literatura como hecho moral
no es el camino más fácil de alcanzar la celebridad. Desde bien pronto,
quiso ser un celoso de su libertad. Rebelde, incómodo, impertinente,
agresivo, contestatario, negador. Como intentó dejar claro en la pieza
de teatro que escribía en el momento de morir, estaba condenado a ser
libre y a elegir, aunque tuviera la limitación de solo poder elegir lo
que elegía.
Sin embargo, aun cuando escribía sin esperar nada a cambio y optó por
el camino arriesgado del malestar, del sarcasmo, de la aspereza y la
frialdad, no es menos cierto que obtuvo mucho menos de lo que concedió.
Vivió en la incómoda comodidad de los márgenes. Marginalidad buscada:
marginalidad hallada, o como solía reiterar: idea fija, idea que se
convertía en realidad. Fue libre, quiso enseñar a ser libres; a cambio
solo encontró dureza. Como exclamó en alguna ocasión Fina García Marruz
hablando de su marginación: "Tuvo lo que merecía".
A diferencia de muchos que conozco, su inclemencia no buscaba
destruir, por el contrario, era el resultado de la clemencia. En su
"maldad" radicaba su honradez; su nobleza, su bondad.
Es verdad que fue amigo-enemigo de Lezama Lima, que perteneció al
grupo Orígenes, que fue amigo y compañero de juergas de Gombrowicz, que
se acercó al círculo de la revista
Sur, que estuvo en París, en
Roma, en Brujas, en Nueva York. Es verdad que vio algunas de sus obras
representadas y algunos de sus libros publicados, que dirigió por breve
tiempo la colección de una edición de libros, que ganó un premio Casa de
las Américas (con el voto en contra de Vicente Revuelta). También es
verdad, sin embargo, que el autor nunca vio en escena
Dos viejos pánicos,
que cuando murió tenía ocho libros inéditos y que vivía, como siempre,
en la pobreza, con el añadido de esa otra pobreza, el olvido.
7. El día de su muerte, el jueves 18 de octubre de
1979, hacia las once de la mañana, Virgilio recibió una llamada
telefónica que lo perturbó sobre manera. Eso al menos nos contó el
muchacho que le limpiaba la casa, y cumplía también algunas otras
cuestiones sanitarias, puramente sanitarias. Nunca sabremos si hubo en
verdad llamada telefónica ni qué le anunciaron en ella. (En cualquier
caso, y sin querer decir mucho, recordar que la citación a Villa Marista
de 1977, la que puso fin a las noches de La Ciudad Celeste y lo dejó
durante seis meses sin su obra inédita, fue también mediante una llamada
telefónica. Pero esto entra en el reino de la pura especulación. Ni
siquiera supimos nunca el nombre del chico de la limpieza; tampoco lo
volvimos a ver.)
Almorzó poco y se acostó a dormir. Por más perturbado que estuviera,
la siesta era inviolable. Hacia las tres de la tarde, bajó a jugar
canasta (una de sus aficiones frívolas). Bajó como siempre las escaleras
del edificio, porque le aterraba el ascensor. En la escalera, sintió la
punzada en el pecho y el brazo izquierdo. Cometió la imperdonable
simpleza de ir a casa de su médico, el doctor Sergio Cavarruiz, que
vivía muy cerca. Subió cinco pisos andando. Cuando llegó al piso de
Cavarruiz, estaba casi muerto.
Dijo algo que el médico nunca quiso revelarnos. (Después, Luisa y yo
fuimos varias veces a visitarlo: nunca más nos abrió la puerta.)
Virgilio murió en el sofá de la sala de Cavarruiz, quien llamó al actor
Enrique Santiesteban, supuesto amigo de Virgilio. Éste, lo llevó al
hospital Calixto García como si aún estuviera vivo, puesto que de lo
contrario habría tenido que responder ante la policía; lo dejó en
urgencias y desapareció.
Cuando Luisa llegó al hospital, el cuerpo desnudo de Virgilio Piñera
estaba solo, con un cartelito en el dedo gordo del pie derecho. Lo
llevaron a la funeraria de Calzada y K. Antes del amanecer, se llevaron
el cuerpo para la autopsia. No lo devolvieron hasta poco antes del
entierro. Se dio, pues, la circunstancia de que velábamos un muerto que
no estaba presente, como ha contado Reinaldo Arenas: una verdad entre
otras exageraciones del escritor delirante.
Aún después de muerto, Virgilio continuaba en la invisibilidad de sus
últimos años. Invisible y tan menesteroso que fue enterrado en la tumba
prestada de una familia conocida, junto al panteón de los Naturales de
Ortigueira. Nadie se preocupó por salvar sus manuscritos que quedaron
encerrados en la casa sellada por el Ministerio de Justicia hasta tres
años después; nadie se preocupó porque tuviera un epitafio.
Su hermana Luisa y yo, fuimos donde un marmolero de las calles 14 y
25, y le hicimos construir una jardinera donde quedaron mal grabados
unos versos suyos que decían: "Este brazo que alzo, esta boca que sonríe
son el brazo y la boca en la fotografía de la inmortalidad, y ningún
poder humano o divino, podrá darles pagana o cristiana sepultura". Tan
mal grabados, que al cabo de tres o cuatro aguaceros, las letras se
borraron.
De cualquier modo, tres años después Luisa quiso hacer la exhumación
para llevar los restos a Cárdenas, donde una prima les había cedido un
espacio en el osario familiar. Fuimos, pues, temprano al cementerio de
Colón. Luisa, su esposo Pablo, un amigo (que nada tenía que ver con la
literatura) y yo. Nunca olvidaré aquella mañana, no solo porque
exhumáramos a Virgilio, sino porque además, por esos raros mecanismos de
venganza que tiene la imaginación, me pareció una mañana
extraordinariamente hermosa. Fresca, sin nubes, con un sol propio del
invierno habanero.
Cuando abrieron la tumba, Luisa y yo nos apartamos. Queríamos mirar y
no queríamos mirar. La caja gris de pésima madera, o de cartón, estaba
negra y desecha. Vi restos de ropa y algunos huesos, suficiente para que
la poca curiosidad acabara de deshacerse del todo. Al final, los
sepultureros (eran dos jóvenes hermosos y un anciano) me dieron una
cajita de metal forrada con papel de cartucho.
Luisa y Pablo tenían pasaje para Cárdenas ese mediodía. Con los
huesos de Piñera, abandonamos el cementerio. Nadie nos miraba de modo
extraño. Nadie sabía qué llevábamos allí. De haberlo sabido, tampoco les
hubiera importado. Luisa y Pablo se alejaron hacia terminal de ómnibus.
Mi amigo y yo subimos por la calle G, bordeamos la Escuela de Letras
(donde yo había estudiado y no había sido precisamente feliz) y seguimos
por la 27 hasta N, allí donde tenía su primera parada la guagua 2.
No sé por qué lo hicimos. ¿Qué rara peregrinación aquella? Para mi
decepción, su casa permanecía cerrada. Ningún ángel o demonio salió con
la camiseta sin mangas, el short verde, una sonrisa y un desmayado gesto
de adiós. Había algo seguro, eso sí: los huesos se habían ido a
Cárdenas mientras la jardinera, con el epitafio ilegible, continuaba a
la intemperie, en la tumba prestada del cementerio de Colón.
Este texto fue leído en el coloquio por el centenario de Virgilio
Piñera en Stony Brook University, Nueva York, en noviembre de 2012.
Por Luis Ruiz.