domingo, 19 de diciembre de 2010

Insomnio.

Tres de la madrugada. No puedo precillarme los ojos e invocar el ángel del sueño. Afuera la noche nevada es una sinfonía silenciosa, apta para espíritus que no son de éste mundo. Así la veo desde la ventana de la biblioteca, desde mis ojos cansados y trasnochados.
Al azar, como aquel juego de cuando nos reuníamos a leer fragmentos de un libro abierto en cualquier página, a modo de respuesta a lo que el anterior había leído, estableciendo así un diálogo que en su aparente incoherencia resultaba fabuloso. Desde entonces no pierdo la costumbre, y lo utilizo a menudo para buscar respuestas a preguntas que me hago a mí mismo.

De Sodoma y Gomorra, de Marcel Proust:

Y hasta llegó a ocurrir la cosa en una misma comida, donde continuaba con el otro la conversación comenzada con el primero. A la larga, por asociación de ideas, llegó a odiar de tal modo los tomates, incluso los comestibles, que cada vez que oía a un viajero pedirlos junto a él en el Gran Hotel, le decía por lo bajo: "Perdone, caballero, que me dirija a usted sin conocerle, pero he oído que pedía tomates. Hoy están podridos. Se lo digo por su bien, pués a mí me es igual, yo no los tomo nunca".


Por Luis Ruiz.

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