lunes, 4 de octubre de 2010

Hoy en la consulta del doctor.

Sala de espera del Consultorio. Ralf y yo. Esperamos. Sólo hombres. Casi todos maricas. Vengo por el dolor en el brazo. Todos leen. Las mesas estan llenas de Revistas y Periódicos desordenados. Uno juega con su teléfono y otro con la computadora. Del techo cuelga un objeto muy curioso con muchos orificios, de los orificios salen plátanos. Muy saludable. Si te apetece cojes uno y calmas el hambre mientras esperas. El plátano maduro es rico en azúcares y engorda; prohibido para diabéticos.
Sólo uno de estos hombres es atractivo, aparte de nosotros naturalmente. El Doctor también es muy atractivo. Dice Felipe que se excita cuando está frente a él, y que ha tenido sueños eróticos y todo eso con el doctorcito. Pero sin duda exagera.
Pausa: He abierto un libro para leer. Y leo. Drogas, sexo, crímenes, alcohol. Como si no existiera otro mundo mejor. Y existe otro mundo mejor? Vaya pregunta. Esta gente que me rodea no tienen cara de enfermos, sino que parecen atormentados, incapaces de ser felices. Algunos llevan resaca, han bebido mucho, estuvieron todo el fín de semana dale que te dale. Es fácil adivinarlo. Mucho más fácil que ganar la lotería o encontrar trabajo con más de 50 años. Del Bar al cuarto oscuro y viceversa. Es obvio. Vacíos de semen y llenos de cervezas. Ahora no son capaces de ir a trabajar y se fingen enfermos. Pero, que caras, por qué son tan feos? Inaceptable. Y por qué los miro?.
De repente entra uno y se sienta frente a mí. Se emparruncha en su silla echado hacia atrás. Con las piernas abiertas y ese aire de modelo trasnochado. Menudo ejemplar. Hago como que no lo miro püero si. Ya lo he visto alguna vez y no sé donde. En un cuarto oscuro no debe haber sido, allí sólo vez con el tacto o con la boca o con cualquier otro órgano. Tiene cara de ser asidupo de esas profundidades. Aún se puede salvar; con esa cara y esos ojos...
Soy de poca paciencia, me hacen esperar demasiado, y antes de alterarme y dejar una mala imágen detrás de mí, recojo mis bartulos y me marcho.



Por Luis Ruiz

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